
El diccionario de la Real Academia Española (RAE) define “huarique”, simple y llanamente, como un “escondrijo”. Gastón Acurio lo describe como, “el bistrot de los peruanos, salvando la distancia de los recursos…cualquier lugar de buena cocina y sin muchas pretensiones”. Después de consultar con media docena de cocineros y chefs, podría redondear el concepto añadiendo que se trata de un lugar al cual se llega por la recomendación de un amigo, en principio barato, pero no necesariamente, y que destaca por algún platillo particularmente único y exquisito.
Huariques hay siempre en cada barrio, en los lugares menos pensados y en el Perú son, francamente, una institución. Viajar es el medio más eficaz para descubrirlos, degustando recetas guardadas celosamente por generaciones, disfrutando potajes deliciosos que suelen ser la especialidad de la casa, y escuchando historias insólitas de sus propietarios y cocineros. Pero en esta ocasión, me limito a recorrer el distrito que me cobija y sugerirles cinco huariques –para desayunar, almorzar, cenar o beber– que, estoy seguro, los harán inmensamente felices.
Huariques hay siempre en cada barrio, en los lugares menos pensados y en el Perú son, francamente, una institución. Viajar es el medio más eficaz para descubrirlos, degustando recetas guardadas celosamente por generaciones, disfrutando potajes deliciosos que suelen ser la especialidad de la casa, y escuchando historias insólitas de sus propietarios y cocineros. Pero en esta ocasión, me limito a recorrer el distrito que me cobija y sugerirles cinco huariques –para desayunar, almorzar, cenar o beber– que, estoy seguro, los harán inmensamente felices.
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